GARA. 15-09-2002
Numerosos traslados al hospital por pelotazos, porrazos y agua lanzada a presionw La Ertzaintza no dejo pasar a la marcha de la plaza de zabalburu y ejecuto EL AUTO de garzoN
El 14 de setiembre de 2002 ha entrado en la historia triste de Euskal Herria. En eso coincidieron los portavoces de los miles y miles de abertzales que se vieron ayer tarde bajo una lluvia de pelotas de goma y agua a presión, una escena no vista en Euskal Herria desde tiempos de Franco.
Aparecieron como los indios en las películas del Oeste, en lo alto de la cuesta que lleva a la Plaza de Zabalburu. El primer ensayo de carga fue a las 17.45, cuando centenares de metros más arriba la marcha había comenzado entre salvas de aplausos. Entonces quien más quien menos pensó que no lo harían, que la Ertzaintza no cargaría contra tal multitud. Y la manifestación avanzó como un ciclón imparable, sin pancarta, sólo con una ikurriña, entre una ovación que no cesaba y con sólo un grito que se repetía: «Euskal Herria aurrera». Al llagar allí, cuatro abogados trataron de conversar con los agentes, pero la decisión estaba tomada. Al filo de las 18.00, el ataque, desconocido en la historia reciente de este país, se consumó por fin. En la primera línea encontraron a tres perso- nas que plantaba cara totalmente desnudas a los peloteros.
«¡Fuera, fuera, vamos!». El grito lanzado por un mando abrió la estampida. El primer porrazo fue para el letrado Kepa Landa. Un segundo después, cientos de personas estaban contra el suelo intentando refugiarse de los golpes, tapándose la cabeza para que no les alcanzasen los pelotazos o protegiendo a sus hijos y a los ancianos.
Entonces, una tanqueta se abrió paso para ofrecer una imagen que la mayoría sólo había visto en televisión: una masa de gente pocas veces vista y que no hubo tiempo de medir rociada por un líquido de un extraño color que quemaba los ojos. Pero no era la dictadura de Pinochet, ni la de Franco.
Sin embargo, entonces ocurrió otra cosa aún más grande: la multitud recuperó la posición, se echó al suelo e improvisó un «No pasarán» recuerdo de otras épocas que se creían superadas. En la primera fila de lo que era la cabeza de la manifestación, uno de los defensores de Euskal Herria sostenía bien alto una ikurriña, empapado pero en pie.
Las escenas de pánico se sucedían mientras tanto en las calles adyacentes. Cuadrillas de ertzainas embozados hasta los dientes limpiaban de gente a pelotazos las calles Fernández del Campo y General Concha. Los timbres de los portales sonaban pidiendo auxilio. Lo que allí se vivió sólo puede relatarse en primera persona: en la de los ancianos, uno de ellos en silla de ruedas, que trataban de salir del epicentro de la furia policial, en la del hombre presa del terror que proponía romper el cristal de un portal para protegerse, o en la de la madre que calmaba a su pequeño de siete años que había vomitado por el efecto de los extraños gases policiales.
El ex mahaikide José Luis Elkoro entraba en un bar ayudado por otro veterano militante independentista, Pablo Gorostiaga, alcalde de Laudio. Luego relató que sintió que perdía el ojo por ese agua gaseada que era una pequeña tortura. Las primeras filas de la calle Autonomía eran un paisaje lleno de ojos rojos,muchos por efecto de los gases, y muchos también debido al llanto y la rabia.
Quienes trataron de encontrar respuesta interpelando a los encapuchados, sólo recibieron más golpes como explicación. Cuando el estruendo de los pelotazos se fue disipando, se escuchó con más nitidez el ''Eusko Gudariak'' que salía de las gargantas de los abertzales concentrados en las primeras filas. A sus espaldas, una columna interminable de gente contemplaba con estupor el chorro y los movimientos de los encapuchados y trataba de buscar noticias. Los teléfonos móviles empezaron a sonar con preocupación para conocer si familiares y amigos estaban heridos. Mientras, las ambulancias comenzaban a trabajar, y en las calles cercanas se veían cada vez más y más barricadas.
Tras diez minutos de refriega, la Ertzaintza decidió que ya bastaba y dio un paso atrás. Entonces aparecieron los restos del campo de batalla. Alguien se dedicó a apilar casquillos y pelotas ante los uniformados. Las noticias sobre los heridos llegaban de todos lados. Pudo dar gracias quien se salvó. Una de las portavoces de «Gora Euskal Herria!», la periodista Amparo Lasheras, aparecía con un corte en el pie, otro redactor sangraba del brazo tras recibir un porrazo en la avalancha, otra trataba de escribir con un ostensible corte en la mejilla, y un fotógrafo fue trasladado con un dedo roto.
Pero quienes llegaron a Bilbo con intención de gritar «Gora Euskal Herria!», ya bajo amenaza, ya no estaban dispuestos a ceder terreno. Espontáneamente se fue corriendo la voz: «Todos en el suelo, hasta las siete de la tarde». Faltaban tres cuartos de hora que se consumieron entre temblores, lágrimas de emoción y abrazos como los que recibía Arnaldo Otegi, que se convertía en una especie de mensaje autorreconfortante ante la magnitud de lo ocurrido. Y poco a poco resurgieron de nuevo los gritos de «Euskal Herria aurrera», «Herriak ez du barkatuko» o «PNV, español».
Y hasta hubo muestras de humor, como los gritos de «A por ellos» con que algunos jalearon a la furgoneta que traía la megafonía y parecía dispuesta a abrirse paso en el cordón armado de Zabalburu. «Así, así, así hasta Madrid», se escuchó un poco después, cuando la Ertzaintza hizo ademán de retirada a sus cuarteles.
«bajo ningun concepto» Jose Ramon Etxebarria, uno de los convocantes, intentó explicar lo poco que se podía explicar. Dijo que el Departamento de Interior del Gobierno de Lakua comunicó a los abogados de «Gora Euskal Herria!» que «no se nos iba a permitir pasar de la Plaza de Zabalburu» y que matizaron, además, que eso se haría efectivo «por cualquier medio». En función de la situación creada, con decenas de miles de personas sometidas al riesgo de una nueva carga a ciegas, los convocantes optaron por celebrar el acto político en ese punto, ante el despliegue armado, y pedir a los abertzales que regresaran a sus casas de forma pacífica, como llegaron a Bilbo. La decisión fue recibida con aplausos, y con los pitos de quienes se resistían a obedecer la orden dada por Garzón y ejecutada por la Ertzaintza.
Pero aún quedaban motivos para la sorpresa. Por un lado, Interior aseguró que la Ertzaintza había recibido botellazos antes de cargar y explicó que abortó la manifestación por cuestiones de «operatividad» y para evitar daños a los manifestantes. Por otro, Carlos Iturgaiz (PP) reprochó a Lakua que «ha permitido realizar media manifestación».
